Los que estamos afuera

Los que estamos afuera, en su gran mayoría, por no decir todos, cargamos con tanto, pero tanto peso sobre nuestros hombros, lleno de responsabilidades propias y ajenas, que muchas veces nuestra estabilidad mental y emocional comienza a debilitarse.

Muchos prefieren distanciarse como una medida de protección y de autorregulación, otros se desesperan porque sienten que ya no pueden más, otros toman decisiones poco acertadas y todo con el fin de cumplir responsabilidades ajenas como si fueran propias.

Cuando vas a terapia, el psicólogo, muy calmadamente, te dice: «Pero ese no es tu rol. Esa no es tu responsabilidad. Ellos tienen que aprender a gestionar y aceptar la vida que tienen, asumir sus propias responsabilidades y las consecuencias de las decisiones que han tomado.» Es fácil decirlo, pero lo difícil es escucharlo y realmente decir: «Sí, es cierto.»

Porque claro que es cierto. Pero en muchas culturas nos enseñan que debemos velar por nuestros padres y familiares, hasta el punto de cruzar una línea muy delgada, donde ayudar se transforma en abuso emocional. Y, aun así, sigue siendo visto como algo normal.

Es muy fácil, para quien nunca salió de su zona de confort, quejarse y exigir que quien está afuera asuma responsabilidades que no le corresponden, sin detenerse a entender, con empatía, todo el peso que esa persona ya carga.

Una vez, una amiga sufrió un accidente muy grave. Su esposo llamó a sus familiares para avisarles, por si querían visitarla y ninguno pudo ir. Cuando finalmente le dieron de alta, aún casi inmovilizada, recibió un mensaje de texto que decía: «Disculpa la molestia, pero necesito que me hagas la transferencia.» Y ella, con el corazón partido, la hizo.

Entonces me pregunto: ¿es justo? ¿Es normal? ¿Es ese el deber ser? ¿O es demasiado descaro familiar? ¿O será que los equivocados somos quienes estamos afuera y, por la constante manipulación del «no es suficiente» o «no me alcanza», seguimos sacrificándonos, trabajando duro para resolver no solo nuestras responsabilidades, sino también las de otros?Porque una cosa es colaborar y otra muy distinta es cargar con una doble responsabilidad.

La pregunta que siempre me hago es: ¿por qué, cuando una familia enfrenta dificultades, muchas veces se espera que quien emigró cargue con casi todo el peso? ¿Por qué no buscar soluciones entre todos? Tal vez no todos puedan emigrar, y eso es una realidad. Pero sí pueden aportar desde sus posibilidades, trabajar en equipo y asumir la parte de responsabilidad que les corresponde.

Todos tuvimos miedo de abandonar nuestra zona de confort. Quienes emigramos tuvimos que adaptarnos a otra realidad, a otra cultura, a otro idioma. Aprendimos a vivir en un país donde se gana y se gasta en la misma moneda, donde las obligaciones no esperan y donde nadie te regala nada. Ese esfuerzo también merece ser visto y comprendido.

Es muy duro, es una carga muy pesada, y duele aún más cuando ni siquiera agradecen el esfuerzo, sino que exigen como si realmente fuera tu obligación.

Yo, particularmente, creo que en la unión está la fuerza. En la comunicación, en la administración mutua y en el compromiso compartido. Quien decidió quedarse también debe esforzarse por construir soluciones, trabajar duro dentro de sus posibilidades y asumir su parte, sin manipular emocionalmente a quien está afuera. Porque, al final, todos debemos aceptar que la vida que tenemos también es consecuencia, en parte, de las decisiones que hemos tomado y de las circunstancias que nos ha tocado vivir.

Mientras tanto, quienes estamos afuera seguiremos yendo a terapia, intentando aprender, de una vez por todas, que no somos responsables de las responsabilidades ajenas.

Con esta reflexión me despido,

Desde mi para ti.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *