Cuando en nuestras vidas colocamos las expectativas en un lugar importante, cada vez que tomamos decisiones, realizamos acciones, conocemos a alguien o abrimos nuestro corazón, déjenme decirles que ya comenzamos por un camino difícil.
Las expectativas deberían ocupar el último lugar, o quizás ninguno. Cuando esperamos recibir la misma reciprocidad —o incluso una mayor— por cada situación que vivimos, el golpe puede ser duro al descubrir que las cosas no suceden como imaginábamos.
Por eso es importante aprender que, en la vida, una de nuestras prioridades debe ser buscar nuestra propia felicidad. A veces se encuentra en algo pequeño, en algo que solo tú conoces y que nadie más ve. Cuando aprendemos a ser felices por nosotros mismos y dejamos de depender de las expectativas, esa combinación convierte la felicidad en algo más constante y menos vulnerable a las decepciones.
Por supuesto que habrá caídas. La vida siempre las tendrá. Pero cuando nuestra atención está puesta en construir nuestra felicidad, en lugar de esperar algo de los demás, nuestra alma comienza a liberarse. Se libera de la necesidad de ser recompensada, reconocida, aprobada o querida de una manera específica.
Cuando aprendemos a trabajar por nuestro bienestar y a ocuparnos de nosotros mismos, también estamos en mejor posición para ayudar a otros a encontrar su propia felicidad, y lo hacemos sin esperar nada a cambio. Simplemente disfrutamos de nuestra vida y nos alegramos por la de los demás. Ser feliz es un regalo. Tener el valor de ser uno mismo, de vivir auténticamente y de avanzar sin el peso de las expectativas, nos permite comprender que muchas de las tristezas que cargamos nacen de esperar algo que nunca estuvo en nuestras manos.
Las expectativas, muchas veces, son las que entristecen el alma por cosas que, al final, no valían la pena.
Con esta reflexión, los dejo.
Desde mi para ti