Aún recuerdo mi infancia como si fuera ayer: jugar a las muñecas, al escondite, los distintos colegios por los que pasé y las bonitas amistades que hice, algunas de las cuales todavía permanecen.
Parece que fue ayer cuando decía: “Cuando tenga 30 voy a hacer esto y aquello”. Hacía planes, imaginaba mi futuro y sentía una enorme curiosidad por saber con quién me casaría, cuántos hijos tendría y cómo sería mi vida.
También recuerdo con emoción, entre risas y picardía, cuando me gustaba algún niño. Incluso hubo momentos en los que a todas las niñas nos gustaba el mismo. (Risas).
Recuerdo el high school, quizás una de mis etapas preferidas, donde hubo malentendidos, por supuesto, pero también muchísimas risas.
Recuerdo haber sido una adolescente que, aunque tenía buenas calificaciones, también tuvo su momento de rebeldía, estaba loca por cumplir la mayoría de edad e irme de la casa. (Más risas).
Y recuerdo esa etapa tan hermosa en la que me enamoré del amor de mi vida.
Cierro los ojos y los recuerdos comienzan a pasar. La universidad, los grandes amigos que tuve, el trabajo, las amigas con quienes compartí momentos hermosos y tantas complicidades. Algunas ya no forman parte de mi vida cotidiana, pero estoy segura de que, si algún día nos cruzáramos, nos recibiríamos con el mismo cariño, como si el tiempo no hubiera pasado.
También están aquellos amigos que ya no se encuentran en este plano, porque su destino fue partir antes. Sin embargo, mi mente y mi corazón todavía los recuerdan con una sonrisa y siempre con alguna anécdota que contar.
Viajes con amigos, fiestas, conversaciones interminables, risas, llantos, locuras…Cierro los ojos nuevamente y parece que todo sucede de golpe: me gradúo varias veces, me caso, llegan mis dos hijos maravillosos, construyo una vida junto a un esposo que es mi otra mitad.
Viajo, conozco diferentes rincones del mundo y atravieso momentos bellísimos, pero también otros absolutamente terribles que preferiría no recordar. Y, aun así, todo ha valido la pena.
No hay arrepentimientos. Hoy miro hacia atrás con nostalgia y, debo admitirlo, a veces también con un poco de susto, porque el tiempo pasa en un abrir y cerrar de ojos.
El presente nos sumerge en una corriente rápida de rutinas, responsabilidades, sacrificios, nuevos aprendizajes, momentos buenos y otros no tanto. Mientras tanto, vemos a nuestros hijos comenzar a transitar etapas que nosotros ya vivimos.
Y es entonces cuando saltan preguntas como, ¿Vamos bien?, ¿Está valiendo la pena?, ¿Estoy haciendo realmente lo que quiero?, ¿He cumplido mis propios deseos o los he ido dejando para después?. Para muchas de esas preguntas mi respuesta es sí. Para otras, todavía no lo sé. Pero hay algo que sí sé, y es que el tiempo no se detiene. Sigue su marcha, sin pedir permiso y sin asegurarnos cuánto nos queda. Porque también existe esa posibilidad que muchas veces evitamos pensar, que el camino pueda terminar antes de lo esperado.
Por eso hoy doy gracias. Gracias por lo vivido, por mis hijos, por mis mascotas, por mi familia, por mi esposo. Porque, con todo lo bueno y lo malo, puedo decir que he sido afortunada por la vida que he tenido y por todo lo que he podido vivir.
Y quizás mi mayor deseo como madre sea precisamente que mis hijos sean sanos y felices, que puedan dedicarse a aquello que aman, que vivan, que se equivoquen, que conozcan, que disfruten. Porque algún día ellos también mirarán hacia atrás, como lo hago yo hoy, y comprenderán que no existe manera de retroceder.
Solo quedan los recuerdos. Confieso que a veces me da miedo pensar en lo que depara el futuro, pero ya no es aquella curiosidad de juventud por saber si me casaría, cuántos hijos tendría o cómo sería mi vida. Ahora las preguntas son diferentes.
Me pregunto si estaré en este plano hasta ser muy viejita, si todavía podré recordar mi historia, si tendré nietos, si mis hijos estarán sanos y serán felices. Y sí, incluso me asusta pensar en el momento de mi propia partida.
Pero no quiero vivir mirando constantemente hacia ese futuro, quiero aprender a quedarme en el hoy, disfrutar hoy, amar hoy, reír hoy, viajar hoy, abrazar hoy, decir lo que siento hoy y vivir como si supiera que a medianoche termina mi tiempo, no desde el miedo, sino desde la conciencia de que estar aquí es algo temporal.
Y cuando llegue ese viaje inevitable, quiero llevar conmigo la sensación de haber vivido. De haber amado profundamente, de haber disfrutado cuanto pude y de haber llenado mi historia de recuerdos que valieron la pena.
Porque quizás una de las verdades más difíciles de aceptar sea también una de las más simples, y es que el tiempo vuela, y un día cerramos los ojos para recordar nuestra infancia…y cuando los abrimos, descubrimos que toda una vida ha pasado en un abrir y cerrar de ojos.
Me despido, desde mi para ti.