Hoy siento que debo escribir acerca de la comunicación. Siempre escuchamos que la comunicación es fundamental en cualquier relación bien sea con la pareja, los amigos, los padres, los hijos, los hermanos… en fin, en toda relación entre dos personas.
Sin embargo, muchas veces creemos que comunicarnos consiste únicamente en decir lo que pensamos, ser honestos y no dejar nada callado. Pero la realidad es mucho más compleja. No solo importa qué decimos, sino también cómo lo decimos.
Es necesario conocer a la otra persona, comprender qué tan sensible puede ser, cómo suele recibir ciertos mensajes y cuál es su nivel de madurez emocional. La honestidad es importante, pero también lo son la empatía, el momento y la manera en que expresamos esa verdad.
Además, sucede algo muy común, pensamos que la otra persona entendió exactamente lo que quisimos decir, cuando en realidad interpretó el mensaje desde sus propias experiencias, creencias, paradigmas, cultura o preocupaciones.
Muchas veces el problema no está en no saber escuchar, sino que ocurre algo aún más sutil, y es que creemos haber entendido al otro, cuando en realidad entendimos algo completamente diferente de lo que esa persona quería transmitirnos. Complicado, ¿verdad?Ciertamente lo es.
Un ejemplo sencillo y cotidiano podría ser este: Dos personas están hablando sobre cambiar unas repisas de madera en una parte de la casa. Cinco minutos después, cuando ya están en otra habitación y hablando de otro tema, una de ellas dice:—Cuando cambiemos esto, el color debería ser neutro. La otra persona responde: ¿Pero también vamos a pintar las repisas de madera? Y entonces la otra persona dice (un poco frustrada):—No estaba hablando de las repisas, me refería al color de esta pared que tenemos enfrente de nosotros».
Puede parecer un ejemplo tonto, pero sucede con mucha más frecuencia de lo que imaginamos. El problema fue que una persona continuó en voz alta una conversación que había comenzado dentro de su mente, mientras la otra todavía relacionaba la frase con el tema anterior. Ninguna tenía mala intención. Simplemente estaban hablando desde contextos diferentes. Esto mismo ocurre en conversaciones laborales, familiares, amorosas y personales. La comunicación se enreda, pierde efectividad y, con el paso del tiempo, puede afectar directamente nuestra capacidad de construir relaciones sanas.
Particularmente, creo que gran parte del problema nace de la presunción: asumimos que la otra persona piensa como nosotros, entiende como nosotros y recibe el mensaje de la misma manera en que nosotros lo estamos enviando.
Para que una comunicación sea realmente efectiva, debemos explicar nuestras ideas de manera completa y, cuando sea necesario, preguntar si la otra persona comprendió lo que quisimos decir. No podemos pronunciar únicamente la última frase de una conversación cuyo inicio ocurrió dentro de nuestra mente y esperar que el otro conozca automáticamente todo el contexto.También es importante prestar atención al lenguaje corporal, como los gestos, las miradas, el tono de voz, el silencio y la postura porque pueden mostrarnos si el mensaje está siendo recibido de la manera que esperábamos.
Aprender a leer ese lenguaje sin palabras puede ayudarnos a saber si la conversación va por buen camino o si necesitamos detenernos y explicar mejor.
Con esto no quiero decir solamente que no debamos ser honestos, claros y expresar lo que deseas, lo que quiero decir es que, además de atrevernos a hablar, debemos aprender a cuidar la manera en que hablamos, porque no basta con decir lo que queremos. Lo verdaderamente importante es saber cómo decirlo.
La comunicación es compleja porque, por naturaleza, lo primero que solemos pensar sobre la otra persona es: Si no me entiende, es porque no quiere entenderme, si no comprende, es porque no me escucha, si reaccionó de esa manera, es porque no le importa, etc etc.
Pero muchas veces la realidad es distinta. Quizas esa persona sí nos está escuchando, sí quiere comprendernos y sí le importa. Sin embargo, el mensaje no fue enviado con suficiente claridad o fue interpretado desde un lugar completamente diferente.
Así que estemos atentos. No asumamos siempre lo peor del otro. A veces no existe mala intención, falta de amor o falta de interés, a veces se trata, simplemente, de una comunicación incompleta y otras veces, aunque nos cueste aceptarlo, también debemos reconocer que nosotros pudimos haber enviado mal el mensaje.
Comunicarnos mejor requiere paciencia, empatía y humildad. Requiere aprender a hablar, pero también aprender a escuchar, preguntar, aclarar y volver a explicar, porque una relación sana no se construye únicamente hablando mucho, sino procurando que ambos realmente logren entenderse.
Besos, y me despido.
Desde mí para ti.