Desde que tenemos autonomía creemos que tomamos decisiones por nosotros mismos. Pero, lamentablemente, no siempre es así. Muchas veces decidimos para complacer a nuestros padres, amigos, familia o simplemente por seguir normas sociales.
Nos enseñaron que las decisiones deben ser consultadas, compartidas y que su valor aumenta cuando benefician a otros, no solo a uno mismo. Ejemplos hay muchos: elegir una carrera para hacer felices a tus padres, dejar de hacer algo porque a tu amigo no le agrada, o tomar una decisión importante diferente a la que realmente deseas, solo para no herir a quienes quieres.
Con el tiempo esto se vuelve costumbre. Sin darnos cuenta, pasamos gran parte de nuestra vida decidiendo por miedo, por complacer, por evitar conflictos, por no preocupar a otros, o simplemente por miedo a ser juzgados. Así, aprendemos a vivir pendientes de la aprobación externa, olvidándonos de escuchar nuestra propia voz.
Y llega un momento —a veces tarde— en que te das cuenta de que pocas decisiones en tu vida han sido realmente tuyas. No porque los demás lo hayan impuesto, sino porque tú misma(o) creciste buscando la validación ajena, empezando por la de tus padres.
Cuando finalmente decides hacer algo solo por ti, sin importar las opiniones de otros, aparece la culpa. Empiezas a preguntarte: ¿Habré hecho bien? ¿Qué pensarán? ¿Les habrá gustado? ¿Será lo correcto? Y esa angustia te consume, no por miedo a las consecuencias personales, sino por las que puedan afectar a los demás.
Pero quiero decirte algo: cualquier decisión que tomes en la vida debe tener valor solo para ti. No hay opiniones más importantes que la tuya, porque al final todos llegamos a este mundo con un alma individual, con metas, historias y propósitos distintos. Y solo cuando comprendemos y aceptamos esa individualidad, empezamos a vivir con autenticidad, felicidad y honestidad hacia los demás… y hacia nosotros mismos.
Y para los que somos padres enseñemos esa individualidad a nuestros hijos sin manipulación alguna.
Al fin y al cabo el éxito de ser padres es ver felices a nuestros hijos a lo largo de sus vidas, sin importar terceros.
Un abrazo,
Desde mí para ti.
Te felicito estoy de acuerdo a lo que planteas pero a veces no somos lo suficientemente valientes en decirlo en voz alfa.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Que realidad…
Me gustaMe gusta