Hola… ¿cómo estás? Otro fin de semana que pasa rápido, ¿verdad? Imagino que, como yo, estás intentando descansar o ponerte al día con todo lo que no alcanzaste durante la semana. Y antes de seguir, quiero que sepas algo: no estás sola.
Vivimos en una época donde todo parece tener una etiqueta; si se te olvida algo, es déficit de atención; si estás tan cansada que no quieres socializar, entonces es otra cosa más que diagnosticar.
Pero… ¿y si no es eso? ¿Y si simplemente somos mujeres adultas sosteniendo demasiado? Mujeres que somos madres, esposas, trabajadoras. Mujeres que mantenemos a flote ese barco llamado hogar.
Nos ocupamos de la casa, de los hijos, de las mascotas, de la pareja… organizamos, planificamos, resolvemos, hacemos mil cosas al mismo tiempo.
Y entonces, claro… algo se olvida. Algo se pasa. Algo no sale perfecto, y no porque tengamos un problema, sino porque no somos robots. Y sí, algunas tenemos apoyo,y qué bendición cuando lo hay. Pero al final, muchas veces, la responsabilidad sigue descansando sobre nosotras.
Y no, no todas las mujeres somos iguales. Hay muchas formas de pensar, de vivir, de resolver. Pero, también hay un grupo grande… silencioso… que carga más de lo que muestra.
A ese grupo quiero hablarle hoy, saben? Merecemos descansar
Merecemos soltarnos.
Merecemos un día en pijama sin hacer absolutamente nada.
Merecemos el desorden sin culpa.
Merecemos ser felices sin sentirnos juzgadas por estándares irreales o por máscaras de perfección que no existen.
Porque vivir también es eso… permitirnos ser humanas. Hoy abrazo a todas las que, como yo, a veces sienten que van al revés. A las que hacen lo que pueden con lo que tienen. A las que viven dentro de su perfección imperfecta.
Y si amigas, sí… podemos.