Una pausa reflexiva

Me tomé un descanso y me alejé por un tiempo. No porque quisiera, sino porque tocaba. Durante este tiempo he reflexionado mucho y me he dado cuenta de algo: la gente no siempre es lo que parece, ni tampoco lo que creemos que es. En las buenas, casi todo el mundo está; pero en las malas, muchos brillan por su ausencia.

Cuando nos suceden cosas que no queremos y no entendemos por qué ocurren, podemos sentirnos abandonados, confundidos e incluso preguntarnos: ¿por qué a mí?.

Somos humanos y nos cuesta comprender por qué existen tantas injusticias. Por qué a personas buenas les suceden cosas malas, mientras vemos a otras actuar mal y, aparentemente, todo les sale bien, a veces pareciera que lo injusto siempre gana.

Sin embargo, el tiempo tiene una manera muy particular de mostrarnos aquello que en el momento no éramos capaces de ver. Y es entonces cuando entendemos que muchas cosas sucedieron por alguna razón. El universo, Dios, la vida —o como cada quien quiera llamarlo— termina enseñándonos que incluso algunas de las etapas más difíciles pueden tener un propósito.

He pensado también en cómo las cuatro estaciones se parecen mucho a las diferentes etapas de nuestra vida. Hay momentos en los que florecemos, otros en los que sentimos que todo está lleno de luz; también llegan tiempos en los que debemos dejar caer aquello que ya cumplió su ciclo y, finalmente, existen inviernos en los que aparentemente nada sucede, pero por dentro nos estamos preparando para volver a comenzar, y todas esas estaciones son necesarias. En cada una cambian nuestros pensamientos, nuestras actitudes y nuestra manera de entender la vida, evolucionamos como individuos, acumulando experiencias que, buenas o malas, siempre vienen acompañadas de algún aprendizaje.

La persona que eres hoy no es la misma que eras hace diez años. Y seguramente tampoco serás la misma dentro de diez más. Con los años aprendes a quererte más, aprendes que tu paz no tiene precio, comprendes que cada persona está librando sus propias tormentas y que no siempre conocemos las batallas que otros llevan por dentro; aprendes también a no soltar a quienes verdaderamente te aman y a dejar ir a quienes ya no quieren caminar contigo. Y aun así, agradeces, porque incluso esas personas que hoy ya no están presentes en tu vida tuvieron un propósito, estuvieron allí porque de alguna manera, tenían que estar. Algunas llegaron para quedarse; otras simplemente para acompañarnos durante una estación y dejarnos una enseñanza antes de continuar su propio camino.

Quizás madurar también sea aprender a aceptar que no todo está destinado a durar para siempre. Bueno, estas son algunas de las muchas reflexiones que me ha dejado este tiempo de descanso postquirúrgico. Poco a poco iré plasmándolas por aquí, porque, después de todo, hasta los momentos en los que la vida nos obliga a detenernos pueden convertirse en una oportunidad para mirar hacia adentro, entendernos un poco más y descubrir quiénes somos ahora.

Nos seguimos leyendo.

Un abrazo.

Desde mi para ti.

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