El tiempo, la reciprocidad y el amor

El tiempo te enseña muchas cosas. Te enseña a ser más precavido, a pensar mejor antes de actuar y a reconocer quiénes son realmente las personas que te rodean. Con el tiempo entiendes que no todos merecen tu amistad ni tu preocupación, y que tampoco debes esperar nada de nadie a cambio. Aprendes a alejarte cuando es necesario y a acercarte cuando así lo sientes.

Dentro de lo que el tiempo enseña, la reciprocidad es algo fundamental. Dar las gracias, tratar a los demás como te tratan, reconocer cuando alguien tiene un gesto contigo. Incluso existe una reciprocidad contigo mismo: quererte, ponerte en primer lugar cuando es necesario y alejarte de la toxicidad.

De allí nace el amor: amor hacia ti mismo, hacia tus hijos, tu pareja, tus padres, tu familia, tus amigos e incluso hacia tus mascotas.

Hay un dicho que he escuchado desde siempre: “Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma.” Pero en la vida también ocurre algo curioso. A veces incluso personas de las que no lo esperas pueden ser egoístas contigo. Por ejemplo, cuando eres tú quien siempre llama a un amigo o familiar para saber cómo está, para conversar o simplemente para mantener el contacto. El día que dejas de hacerlo, muchas veces descubres que la llamada nunca regresa. Sin embargo, otras veces, personas que no esperabas regresaran a ti o nuevos personajes que llegan a ti, son las que sin pensarlo, te apoyan, acompañan y aceptan tal como eres y si no los llamas pues ellos si lo hacen.

Otra parte importante que nace del amor es la aceptación. Aceptar que el mundo no gira alrededor de uno, que cada persona piensa y actúa de manera diferente, que todos tenemos ocupaciones y preocupaciones distintas.

Cuando realmente aceptas esto, llega algo muy importante: dejar de asumir. En lugar de imaginar lo que el otro piensa o siente, es mejor preguntar, comunicarse, respetar y no traicionar la confianza. Al final, el tiempo te va enseñando algo que parece una fórmula:

Reciprocidad + aceptación = amor.

En resumen, quizás la verdadera paz llega cuando dejamos de exigir al mundo que sea como nosotros quisiéramos y empezamos a aceptar a las personas tal como son. Cuando damos desde el amor, pero también aprendemos a reconocer cuándo es momento de soltar. Porque el tiempo, con su silenciosa sabiduría, siempre termina mostrándonos quién camina a nuestro lado por amor… y quién solo estaba de paso.

Así me despido, Desde mi para ti.

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