Siempre me he preguntado por qué la verdad duele tanto. ¿Por qué me enojo —o nos enojamos cuando alguien cercano nos dice algo con honestidad que incomoda? ¿Por qué reaccionamos con frases como “ya soy mayor”, “no te metas en mi vida”, “hago lo que quiero”, “no me controles”?
Cuando me refiero a “no me controles”, no hablo de ese cuidado natural que ejercían nuestros padres cuando éramos niños, esos de guía y protección. Hablo de esa sensación automática de defensa que aparece cuando alguien nos pone un espejo delante.
Cuando somos escuchamos esa sinceridad dolorosa, automaticamente saltamos con excusas, nos sentimos víctimas, incomprendidos, y preferimos alejarnos antes que aceptar que algo de lo que escuchamos puede ser cierto.
He pensado mucho en la amistad verdadera. Para mí, no es la que solo está en las fiestas, en las reuniones o la que te apoya en todo aunque te estés haciendo daño.
La amistad real es la que a veces te hace enojar, aquella que te contradice, esa que habla sin máscaras. La que está en las buenas, pero también en las malas.
Confieso algo, suelo callar cuando no me piden consejo, porque sé que no todo el mundo quiere escuchar lo que uno piensa. Pero se me hace difícil cuando se trata de una amistad profunda, cuando veo que alguien que quiero se tropieza una y otra vez con la misma piedra, se victimiza constantemente, se pierde en excesos, no duerme, no se ancla… ahí no puedo quedarme callada, si aconsejo, e incluso regaño. No por superioridad, sino porque me importa su bienestar.
Y sí, ciertamente, eso me ha traído problemas, se han alejado de mí y me catalogan como regañona, obstinada, amargada, porque no soy fiestera ni bebo, porque prefiero una vida tranquila. Y lo entiendo, porque sé que la verdad sin filtros duele.
A veces me cuestiono si el problema soy yo. Tal vez no siempre sé suavizar mis palabras cuando entro en la intimidad de una amistad. Siempre intento hablar desde la empatía, pero sé que incluso yo misma me molestaría si me dijeran ciertas cosas de frente, aunque también sé que, con el tiempo, agradecería que alguien me sacudiera.
Hace poco me encontré con una compañera de trabajo que, sin saberlo, se convirtió en un espejo. Me ha mandado a callar más de una vez con una dulzura firme que me hizo reír.
Por primera vez sentí que no estaba sola en esa honestidad directa. Y, curiosamente, le he tomado cariño. Me veo reflejada en ella. Le puedo leer su expresion cuando algo no le gusta de mí, aunque ella no se dé cuenta, y es simplemente porque es como un espejo para mi. Quizá es así como aprenderé a decir la verdad con más suavidad, sin perder la esencia.
Sin embargo, sigo creyendo que cuando la amistad es verdadera, la honestidad que duele es la que más se debería agradecer, no la que solo comparte momentos agradables, sino la que se arriesga a incomodar para verte crecer.
Con esta reflexión me despido.
Desde mí, para ti.