Hay personas que llegan a nuestra vida solo por un instante.
No se quedan para siempre, pero en ese momento exacto actúan como ángeles terrenales. Aparecen cuando más lo necesitamos, sostienen sin preguntar, escuchan sin juzgar y, a veces, solo están… y eso basta para no sentirnos solos.
La vida hace que algunas de esas personas se vayan. Una mudanza, caminos distintos, un divorcio, el paso del tiempo, o simplemente porque ese encuentro estaba destinado a ser breve. No todas las conexiones están hechas para durar, pero eso no les quita valor.
Aunque hoy ya no estén, es importante honrar lo que fue.
Porque en ese momento hubo verdad, cariño, una chispa, apoyo real. Y aunque hoy esa relación ya no exista como antes, agradecer lo vivido también es una forma de amor y de madurez emocional.
A veces la vida gira y los roles cambian.
Quien un día fue apoyo, hoy puede necesitar una mano amiga. Sin embargo, la memoria emocional suele fallar. Cuando estamos bien, el ego puede nublarnos y hacemos “la vista gorda”, pasando de largo, olvidando que alguien estuvo para nosotros cuando más lo necesitábamos.
Y sí, el karma existe.
Hoy podemos estar arriba y mañana no. Por eso, nunca olvides a quienes alguna vez te ayudaron a volar. No porque les debas algo, sino porque la gratitud es una elección del alma.
Ser agradecido es continuar la cadena de apoyo sin esperar nada a cambio.
Pero si esa persona vuelve a necesitarte, no pases de largo. Un “cuenta conmigo”, un abrazo, una llamada o un mensaje sincero pueden significar más de lo que imaginas.
Porque al final, la vida no se trata solo de llegar lejos, sino de recordar quiénes caminaron con nosotros cuando apenas aprendíamos a volar.