Ser adolescente en la actualidad

Recuerdo que, cuando era niña y entré en la adolescencia, vivía en un punto extraño entre sentirme adulta y seguir necesitando guía. A veces creía que lo sabía todo, pero al mismo tiempo tenía una inseguridad enorme: dudaba de mi cuerpo, me comparaba con otras, y cualquier situación la veía como un problema gigante. Y claro, pensaba que mis padres no me entendían porque “eran viejos” y vivían en otro mundo.

Hoy, como madre y docente, observo a los adolescentes —incluyendo a mis propios hijos— y veo esa misma lucha interna. La presión social es fuerte: se imitan entre ellos, adoptan los mismos estilos, maneras de hablar o caminar, y poco a poco van perdiendo su autenticidad. Se comparan la estatura, el peso, el cuerpo… y muchos cargan una ansiedad silenciosa, convencidos de que todos los están mirando, criticando o juzgando. Eso los lleva a sentirse incómodos incluso con ellos mismos, afectando su autoestima y su confianza.

Aquí es donde nosotros, los padres, tenemos un papel fundamental. Si queremos que ellos no escondan sus emociones, necesitamos darles libertad, pero con una supervisión inteligente. Inteligente significa sin que ellos sientan que estamos controlando su vida, sino de una manera en la que puedan confiar en nosotros, hablar sin miedo y pedir ayuda cuando la necesiten.Un ejemplo claro es el tema de Instagram y las redes sociales. A veces, por sobreprotección, creemos que prohibir es la solución. Pero la realidad es que cuando prohibimos sin comunicar, cortamos la confianza y empujamos a nuestros hijos a hacerlo a escondidas. En mi experiencia como educadora, incluso los niños con discapacidades mienten sobre esto a sus padres. Y mientras muchos dicen “mi hijo jamás haría eso”, la verdad es que están más expuestos de lo que imaginamos.En lugar de prohibir, creo en educar. Hablarles desde pequeños sobre los peligros del internet, supervisar sin invadir, enseñarles que lo que ven en redes es solo una imagen manipulada, no la vida real. Que no deben compararse con filtros, cuerpos irreales ni estilos que no les pertenecen.

La comunicación entre padres e hijos es la herramienta más poderosa que tenemos. Nos permite ser vigilantes silenciosos, presentes sin presionar, y darles el equipo emocional que necesitan para enfrentar la vida de manera independiente. Si estamos atentos, podremos detectar señales de ansiedad social, inseguridad, necesidad de encajar o incluso depresión, antes de que algo se escape de nuestras manos.

Debemos recordar cómo fuimos nosotros cuando éramos adolescentes. Acompañarlos con empatía. Reforzar su confianza. Recordarles que cada persona es única y no necesita cumplir con estándares irreales: no tienen que ser Barbie ni Ken, ni tener dinero, ni mostrarse perfectos. La vida es un camino de pruebas, de altos y bajos, donde lo más importante es aprender a manejar emociones, pedir ayuda y buscar soluciones a tiempo.

Si les enseñamos esto, crecerán con un desarrollo emocional más sano, libres de traumas innecesarios y sin la carga de querer ser perfectos por la presión social.

Asi me despido…

Abrazos.

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