El tiempo se nos escapa

A veces siento que los días pasan tan rápido que ni siquiera alcanzo a procesar lo que vivo. Todo se resume en trabajo, deberes y responsabilidades, como si el mundo nos empujara a un ritmo imposible de seguir. Los fines de semana ya no parecen dos días; se sienten como uno solo. Y los recuerdos se condensan como si todo hubiera ocurrido ayer.

Sin darnos cuenta, la vida avanza deprisa mientras nosotros apenas logramos detenernos para ser felices. El agotamiento físico y mental se acumula, y eso que deseamos hacer, lo vamos dejando para “cuando tengamos tiempo”, ese tiempo que nunca llega. Nos decimos que controlamos nuestras acciones y decisiones, pero en realidad, funcionamos en piloto automático, siguiendo una programación social que nos repite que producir es lo único que importa y que detenerse es ser un vago.

Vivimos en una lucha constante con el tiempo. No nos damos el espacio para pensar, meditar o valorar lo que amamos. Y, sin embargo, algo dentro de nosotros sabe que así no debería ser. Que está mal olvidar lo esencial: mirar el cielo, respirar aire puro, escuchar el viento moviendo las hojas, abrazar con calma a quienes queremos.

Este mundo acelerado no permite pausas. Nos mantiene con el motor encendido, sobreviviendo, persiguiendo números que dan sentido a una economía, pero que a veces nos quitan el sentido de la vida. El dinero que necesitamos para vivir se convierte también en la barrera que no nos deja parar, sentir, o reconectar con lo espiritual. Y entonces me digo: necesito recuperar mi tiempo. Necesito hacer lo que me gusta, vivir con intención y no dejar que los días pasen sin que yo misma decida cómo vivirlos.

Comparto esta reflexión rápida, precisamente porque casi no he tenido tiempo de sentarme a escribir… y porque lo extrañaba. Gracias por estar aquí.

Un abrazo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *