La distancia se define en el Diccionario de la Lengua Española como:
“Espacio o intervalo de lugar o de tiempo que media entre dos cosas o sucesos.”
Pero cuando hablamos de relaciones interpersonales, esa distancia adquiere muchos significados. A veces la tomamos por miedo, otras porque vivimos en países distintos, por depresión, por protección, por salud, por necesidad… o simplemente porque queremos.
Existen tantas formas de distanciarnos, que muchas veces ni siquiera notamos que no hay una razón concreta detrás. La rutina —el trabajo, la casa, las responsabilidades— nos pone en modo automático. Y cuando por fin tenemos un momento para nosotros, lo único que deseamos es estar solos, descansar del mundo.
Sin embargo, el tiempo pasa rápido, y esa misma rutina nos arrastra sin darnos cuenta. Un día descubrimos que sentimos nostalgia, que ya no tenemos amigos cercanos, que la soledad se ha hecho costumbre.
Esa distancia, que a veces parece necesaria, puede volverse peligrosa: sin darnos cuenta, perdemos el contacto humano, las conversaciones sencillas, las risas compartidas, los abrazos sinceros.
Por eso, la distancia hay que saber usarla. No permitir que se convierta en un muro, sino en un espacio que respire y fortalezca nuestras relaciones.
La rutina, el paso del tiempo y la distancia pueden unirse como aliadas silenciosas para enfriar nuestra conexión con la vida. Necesitamos encontrar una receta perfecta de distancia: aquella que se mezcle con el entusiasmo de mantenernos comunicados, que nos permita descansar sin desconectarnos, y que nos recuerde que el tiempo y la rutina no deben ser dueños de nuestro ser.
Porque si nos dejamos llevar por el cansancio y el aislamiento, llegará un momento en que terminaremos distanciados incluso de nosotros mismos.
Les dejo, esto para que reflexionemos y no dejemos la distancia nos ahogue.
Abrazos desde mi para ti.