En una conversación salió el tema de cómo los padres de hoy en día son sobreprotectores. Y alguien de los presentes dijo: “cuando yo era pequeño, mis padres me pegaban o insultaban, y eso no me afectó en nada” (Con una sonrisa en la cara) mientras el resto de los presentes, asentaban con la cabeza que si era cierto lo que decia. Más tarde, salio otro tema, empezamos a hablar de la ansiedad, estrés y manejo de emociones, la misma persona comentó: “no sé por qué no soy capaz de decir que no, y me cuesta hablar de lo que siento con mi esposo o amigo o amiga, prefiero callar para evitar problemas”, y no molestar a nadie con mis problemas». Y ahí pensé: ¿seguro que no afectó lo que vivio en su niñez? ¿No será que sí dejó huella ese miedo a hablar, ese silencio para evitar conflictos, esa dificultad para poner límites?.
Muchos crecimos escuchando -como decimos en mi país- “te voy a dar una buena pela” como si fuera algo normal. Y sí, quizás cuando nos golpeaban o insultaban nos decían que “era porque lo merecíamos, te portaste mal, etc”. Pero… ¿de verdad te lo merecías? ¿De verdad merecías palabras hirientes de tus propios padres? Tal vez hoy aceptas lo mismo de tu pareja, tu jefe, o de alguien cercano y te convences de que es así, porque en el fondo aprendiste que “te lo mereces”.
Pues no. No estaba bien. Y hoy, la vida lo está cobrando: con traumas, resentimientos, recuerdos dolorosos, con esa lucha de no saber manejar emociones porque nunca nos enseñaron. Aprendimos a ser perfeccionistas para impresionar, o a vivir con miedo de equivocarnos.
Yo me atrevo a decir que el 95% de nosotros cargamos dentro a un niño herido. Ese niño que aún sonríe por fuera, pero que por dentro sigue teniendo miedo, rabia, o dolor. Ese niño que levantó paredes para protegerse y que hoy, ya adulto, sigue escondido detrás de un “yo soy fuerte”, cuando en realidad se siente frágil.
¿Es fácil sanar? No, no lo es. Porque esa herida sigue ahí, abierta desde hace años, intentamos a nuestra manera: con oración, con lecturas, con prácticas… pero no es sencillo.
Lo importante es que no estamos solos. Somos muchos los que cargamos con ese niño herido, aunque a veces ni lo sepamos. Algunos tratamos de romper patrones y ser mejores personas; otros, lamentablemente, repiten lo mismo con sus hijos.
La pregunta es: ¿podremos superarlo? Yo creo que sí se puede. Pero requiere esfuerzo, práctica, empatía, y sobre todo entender que el pasado ya pasó, que nuestros padres hicieron lo que sabían hacer, y que nosotros tampoco somos perfectos. Seguramente también hemos herido a nuestros hijos sin darnos cuenta. Al final, somos humanos, aprendiendo en el camino. La diferencia es que hoy tenemos conciencia y esa es nuestra oportunidad para cambiar.
Un abrazo….