En la vida solemos quejarnos por cosas pequeñas, creyendo que a nosotros nunca nos pasará lo difícil, caminando con la idea de que siempre habrá un mañana. Pensamos que no envejecemos, que somos inmortales, que lo inevitable nunca llegará. Pero hay momentos en los que esas ilusiones se desmoronan. Te levantas sin saber cómo acabará el día, y cuando llega la prueba, cuando un familiar o un amigo atraviesa un dolor profundo y tú no puedes estar físicamente a su lado, la impotencia y la reflexión invaden el corazón.
Es entonces cuando comprendes que el futuro no está escrito, que en realidad no existe, y que lo único que tenemos es el presente. Caminamos cada día con una bomba invisible que puede explotar en cualquier momento.
Hoy me invade ese sentir. Hoy abrazo desde la distancia a una amiga a quien la vida le ha golpeado fuerte. Duele no poder estar allí para calmar su corazón. La distancia se vuelve el peso más grande, porque cuando esa bomba estalla en la vida de alguien que amas, lo único que deseas es estar a su lado. Muchos dirán que el apoyo espiritual es suficiente, y aunque ayuda, la verdad es que cuando eres protagonista del dolor, lo que más anhelas es la presencia física, ese “estoy aquí contigo” en carne y hueso.
Quienes hemos pasado por momentos difíciles sabemos lo valioso que es tener a alguien cerca en esos instantes. Ese apoyo emocional, pero también físico, es lo que revela quiénes verdaderamente nos quieren.
Desde lejos, lo único que queda es luchar contra la frustración y la tristeza, y ofrecer lo que está en nuestras manos: una llamada, un abrazo virtual, un “cuenta conmigo”, un “estoy aquí para ti”, aunque sea a través de una pantalla. Y aunque parezca poco, también tiene un valor inmenso.
Quiero cerrar con una reflexión: dejemos de quejarnos por lo que sí tiene solución, porque al mismo tiempo, en algún lugar, alguien está sufriendo un dolor que no la tiene: una enfermedad incurable, una pérdida, la muerte. Eso sí es definitivo.
Apoyémonos unos a otros. Recordemos que solo existe el ahora. No hay ayer ni mañana: solo el presente. No somos inmortales, y la vida siempre trae sorpresas. Algunas son motivo de celebración; otras, de consuelo. Y en ambas, lo importante es estar, aunque a veces solo podamos hacerlo desde la distancia.
Un abrazo.