El amor medicina para el mundo.

A veces, cuando me siento triste, sola o pesimista, algo dentro de mí susurra: “Eres afortunada.”
Y entonces comprendo que mi dolor, aunque real, no es el único. El mundo también carga con su propia tristeza: un mundo que parece carente de amor, donde las guerras por poder ocupan los titulares, donde la maldad se ha vuelto rutina, donde la envidia y los celos se repiten cada día. Incluso nuestro propio cuerpo refleja ese desorden a través de enfermedades silenciosas, alimentadas por el estrés, los niveles alterados de cortisol, la comida procesada y el exceso de azúcar.

Vivimos en un planeta enfermo y acelerado. El sistema nos empuja a correr sin parar, a estudiar y trabajar únicamente para subsistir, olvidando lo esencial: el amor, la calma y la conexión humana. En esos momentos de reflexión me digo: “Todavía hay esperanza. Aún existen milagros. Todavía hay personas que agradecen y que hacen el bien sin mirar a quién.”

¿Cómo podría quejarme por cosas pequeñas, cuando sé que ahora mismo hay personas que agonizan de dolor, que sienten hambre, que no tienen un techo donde dormir, que enfrentan la enfermedad, la pérdida, las adicciones o la violencia dentro de sus propios hogares?

Cada individuo enfrenta la vida de manera distinta, pero a menudo nos enfocamos solo en nuestro dolor sin mirar el de los demás. Imagina por un instante un mundo sin odio, sin guerras, sin pobreza… un mundo donde reine la empatía, la colaboración y el amor al prójimo. ¿No sería maravilloso? Y sin embargo, también es cierto que, si todo fuese perfecto, no aprenderíamos a valorar lo que tenemos ni creceríamos a través de nuestras experiencias.

El tema es tan complejo como profundo. Pero estoy convencida de que si cada uno de nosotros sembrara un pequeño grano de amor en los niños —enseñándoles empatía, inclusión, respeto, manejo de las emociones, resolución de conflictos y cuidado del planeta— estaríamos cultivando, sin darnos cuenta, un nuevo despertar de conciencia.

Esto no significa que debamos reprimir lo que sentimos. Quejarse, llorar, gritar, soltar lo que duele… todo es válido. Lo importante viene después: cuando la calma regresa y somos capaces de abrazarnos a nosotros mismos y decirnos: “Sí se puede.,vamos a resolverlo, confía, todo estará bien.” Porque en lugar de quedarnos atrapados en el problema, podemos aprender a transformarlo en algo que nos fortalezca.

Así que, amigo o amiga, cuando te sientas triste, solo, deprimido o desesperado, busca orientación en Dios, en tu ser de luz, en tu Buda, o en la fuerza espiritual en la que creas. Pide serenidad para aceptar con amor lo que la vida ponga en tu camino. Ese pequeño gesto —ese granito de amor que parece insignificante— es el oxígeno que el mundo necesita ante la gran carencia de amor que hoy vivimos.

Recordemos también que no estamos solos. Podemos ayudarnos unos a otros. Y aunque a veces nuestros problemas parezcan gigantes, siempre habrá alguien en circunstancias más duras que necesita de nuestra empatía y apoyo.

Hoy envío mi bendición a quienes transitan por caminos más sencillos, y a quienes enfrentan pruebas difíciles, les comparto mi energía de luz para que encuentren serenidad y alivio en medio del dolor.

Un dulce abrazo,

Desde mí para ti.

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