A veces la vida nos sacude con pruebas intensas. Situaciones que no pedimos, que duelen, que remueven lo más profundo de nuestro ser… pero que vienen con un propósito: ayudarnos a entender, a valorar, a abrir los ojos.
He aprendido que no todos los que dicen “te quiero” lo hacen desde el mismo lugar donde yo lo digo o lo siento. A veces esperamos que el amor sea recíproco en forma y fondo, pero la realidad nos muestra otra cara. Y sí, por momentos me he preguntado: ¿Por qué a mí? Si no le hago mal a nadie… si ayudo siempre que puedo… si sonrío aunque por dentro me esté quemando.
Pero luego, en medio del caos, también llega la calma. Y en ella, la reflexión. Ahí descubro quiénes están de verdad. Quiénes lloran por mí, quiénes me tienden una mano aun cuando ellos mismos apenas pueden con la suya. Quiénes me quieren más de lo que yo imaginaba. Y también, dolorosamente, quiénes no lo hacen como yo creía. Porque sí, hay personas por quienes darías todo… y que no moverían un dedo por ti.Y aunque duela, también libera.
Hoy me abrazo y me reconozco: valiente, buena persona, sensible y luminosa. Me lo digo a mí misma: sigue siendo tú, aunque a veces las expectativas no se cumplan. Aunque la decepción toque la puerta. Lo importante es que hoy sé con certeza quiénes son “los que son”. Los que realmente están. Y a ellos, mi gratitud eterna.Gracias a esos ángeles terrenales que no necesitan estar cerca físicamente ni hablar a diario, pero que se sienten siempre presentes. Gracias por cuidarme con amor incondicional.
Y sobre todo… gracias, vida. Gracias, Luz divina, por enseñarme. Por no soltarme. Por ayudarme a seguir.
Te amo, yo. Siempre contigo.