Querida yo, sobre la amistad verdadera…
Hoy me detengo a reflexionar sobre la importancia de la amistad verdadera. Esa que trasciende personalidades, costumbres, religiones y etiquetas. Esa que no exige que encajes en moldes ni cambies para ser aceptada. Esa que simplemente fluye, se nutre del respeto y el cariño genuino. Donde se puede reír, llorar, o simplemente estar… sin necesidad de palabras.
Estoy agradecida con la vida y con Dios porque, aunque no tengo muchas amistades —quizás no más que los dedos de una mano— sé que son reales. No hablamos todos los días, no compartimos el mismo país, y en ocasiones ni siquiera coincidimos en ideas o estilos de vida. Pero hay algo más fuerte: el lazo invisible del respeto, de la hermandad sin lazos de sangre, de la presencia silenciosa que dice “aquí estoy” cuando más se necesita.
A quienes han estado allí, gracias. Gracias por no pedirme que sea distinta, por no exigirme máscaras, por acompañarme sin condiciones.
Y si tú, como yo, no tienes una amistad constante o diaria, no te preocupes. Está bien. La vida nos envía ángeles terrenales en los momentos menos esperados. A veces no llegan con nombre ni con promesas eternas, pero sí con actos sinceros que nos abrazan el alma.
Si tienes la fortuna de contar con una amistad verdadera, real, sin celos, sin juicios, donde puedes ser tú en toda tu esencia… valóralo, cuídalo, abrázalo. Porque es raro, y hermoso.
Y si no lo tienes ahora, pregúntate con amor: ¿por qué? ¿Es por heridas no sanadas? ¿Miedo a abrirte? ¿Te sobreestimula lo social? ¿Te cuesta confiar?
Lo cierto es que todos necesitamos acompañamiento, aunque sea de vez en cuando. Y a veces, solo a veces, aparece una mano que te invita a caminar ese pasillo de experiencias con amor y honestidad. Si la ves, no la sueltes.
Y nunca lo olvides: tú cuentas contigo. Siempre.