Hola, ¿cómo te va hoy?
Quiero recordarte algo que quizás has olvidado en medio del ruido y la lucha diaria: no estás sola.
Muchas veces nos repetimos frases como “es que no cuento con nadie”, “todo lo que tengo lo he logrado sola”, o “nadie sabe lo que he pasado yo sola para llegar hasta aquí”. Y sí, entiendo de dónde vienen esas palabras… tal vez de la necesidad de sentirnos fuertes, de validar nuestro esfuerzo, de alimentar un ego herido que necesita reconocimiento. Pero déjame decirte algo, con el corazón en la mano: eso no es del todo cierto.
Nunca has estado completamente sola.
Quizás no lo veas de inmediato, pero piensa:
En ese vecino que un día te ofreció ayuda sin que tú la pidieras.
En ese extraño que te sonrió justo cuando más lo necesitabas.
En aquella amiga que te envió un mensaje con el emoji perfecto justo en el momento adecuado.
En esa persona que te regaló una palabra de aliento que aún resuena en tu memoria.
En ese familiar que te dio techo mientras recomponías tu vida.
En quien te ayudó a armar tu currículum o a encontrar una entrevista cuando más lo necesitabas.
En quien te hizo reír cuando todo parecía gris.
En quien te dijo un simple «cuenta conmigo» y lo cumplió.
Sí, claro que tu esfuerzo, tu valentía y tu constancia han sido fundamentales. Pero también ha habido manos invisibles, gestos pequeños, almas generosas que, sin hacer ruido, estuvieron ahí. Algunas las notaste. Otras las ignoraste. Y muchas las olvidaste.
Hoy no te escribo para juzgarte. Te escribo para invitarte a recordar, a agradecer y a reconocer que el camino nunca fue en completa soledad. A veces, el ego nos hace creer que hacerlo «solos» es más valioso… pero lo verdaderamente valiente es saber agradecer a quienes caminaron un tramo contigo, aunque haya sido solo un paso.
Así que querida mía, baja un poco la guardia, suelta el orgullo, y agradece. Porque aunque no lo creas… nunca estuviste sola.
Con amor,
Yo