Hay heridas que no se ven, pero que duelen en lo más profundo. Una de las más silenciadas es la que deja una relación tóxica con la madre. Nos cuesta aceptarlo, porque desde niñas nos enseñaron que una madre lo es todo, que hay que amarla por encima de todo, aunque nos duela. Pero el amor verdadero también sabe poner límites. Esta carta es para ti, mujer valiente, que estás lista para sanar, aunque la herida siga abierta. No estás sola. Te abrazo desde mi historia, que quizá también es la tuya.
Querida mamá:
Hoy escribo estas palabras no para juzgarte, sino para soltar el peso que llevo dentro.
Te amo. Te he amado desde que tengo memoria.
Pero también me has hecho mucho daño.
Y necesito reconocerlo para sanar.
Durante años he intentado entender tus palabras, tus silencios, tus celos, tus críticas, tu manera de compararte conmigo…
Me pregunté si era yo. Si te fallé. Si en otra vida hice algo que ahora estoy pagando.
O si simplemente no soy lo suficiente para ser amada por ti como necesito.
Pero hoy entiendo algo profundo:
Tu dolor no es mi culpa.
Tu vacío no lo tengo que llenar.
Tus heridas no me pertenecen.
Ya no quiero competir contigo, ni buscar tu aprobación, ni vivir esperando que un día cambies.
Porque ese anhelo me rompe el alma.
Y ya no quiero vivir rota.
Mamá, desde el amor y el respeto, hoy elijo poner distancia emocional.
Elijo cuidarme.
Elijo proteger mi paz.
Elijo dejar de justificar lo injustificable.
Te agradezco la vida.
Te bendigo por lo que pudiste dar.
Y desde lo más profundo, te perdono… aunque aún me duela.
Voy a seguir mi camino.
Y si algún día decides amarme sin condiciones, estaré lista para recibirte con el corazón sano.
Pero si eso no sucede, igual estaré bien.
Porque ya no espero nada. Me tengo a mí.
Con todo el amor que me queda,
Tu hija que aprendió a sanar sin ti.